Por la tarde dibujé el patio. El tronco de un árbol podado, un estanque vacío y una cuerda con la colada goteando a causa de la lluvia ofrecían una nueva imagen de los jardines persas. Al fondo se alzaba un pabellón para el verano, pero tan pronto como apoyé el lápiz sobre el papel para dibujarlo, todo el edificio se vino abajo. A partir de ese instante se han escuchado otros derrumbamientos. Como material de construccion, el barro de Delijan es incompatible con el mal tiempo.

Robert Byron. Viaje a Oxiana

Fotos del autor hechas durante el viaje, aquí y aquí.



pimienta

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Llegaron a La Habana,
pasajeros del mismo avión,
compañeros de asiento,
charlando esas trivialidades
de los viajes largos.
Ella escondió la cámara,
compró pizzas infames,
empleó monosilabos
para ocultar su acento.
Él hablaba muy alto
y sonreía por todo,
visitó los hoteles,
falsificó el asombro,
alquiló un auto.
Ella entró en el Mercado,
montó guaguas,
vio las constelaciones
desde el Malecón,
compró y bebió aguardiente.
Él pagó a las muchachas,
dio propinas,
hizo feliz a un niño
con chicles y bolígrafos,
fotografió las colas y las casas.
Un dia antes de irse
coincidieron en un portal
de la Plaza de Armas,
solos, tarde en la noche.
Y no encontraron nada que decirse.

Alexis Diaz Pimienta



Salida del pabellón de agudos

y saliste en pijama y zapatillas
luego el chaquetón de tu hermano
y unas botas negras con cordones también negros
te devolvieron sin más a la vida

tú tambien eras el paisaje
las flores y las hierbas más menudas
en una esquina del patio
la habitación llena de humo
el insomnio fiel que dibujabas
desde el temblor del trazo
hasta la angustia
en el límite mismo
de esos rostros del pabellón de agudos
con quienes convivías

eran dias tristes y noches con dolor
pero ya estás libre de la vergüenza
de sobrevivirte a ti mismo
alta terapéutica o voluntaria huida
hasta encontrarte en ti desde tan lejos
aquí donde comienza el mundo
hazte volver regresa
asciende al gozo más alto
la vida es una excusa para amar la vida
y ordenar el caos de los días mas críticos
no te derrumbes mantente firme a la espera
vuelve hacia atrás y escucha
como surge esa luz al final del camino
hazte valer en ella
y en ella reconócete en calma

ANGEL CAMPOS PAMPANO
Lisboa, 18 de mayo de 2007

Domingo y Angel han muerto con mes y medio de diferencia. Quedamos más solos.

Más cosas en BOEK, revista de poesía visual.



educación

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I. Instrucción no es lo mismo que educación: aquélla se refiere al pensamiento, y ésta principalmente a los sentimientos. Sin embargo, no hay buena educación sin instrucción. Las cualidades morales suben de precio cuando están realzadas por las cualidades inteligentes.
II. Educación popular no quiere decir exclusivamente educación de la clase pobre; sino que todas las clases de la nación, que es lo mismo que el pueblo, sean bien educadas. Así como no hay ninguna razón para que el rico se eduque, y el pobre no, ¿qué razón hay para que se eduque el pobre, y no el rico? Todos son iguales.
III. El que sabe más, vale más. Saber es tener. La moneda se funde, y el saber no. Los bonos, o papel moneda, valen más, o menos, o nada: el saber siempre vale lo mismo, y siempre mucho. Un rico necesita de sus monedas para vivir, y pueden perdérsele, y ya no tiene modos de vida. Un hombre instruido vive de su ciencia, y como la lleva en sí, no se le pierde, y su existencia es fácil y segura.
IV. El pueblo más feliz es el que tenga mejor educados a sus hijos, en la instrucción del pensamiento, y en la dirección de los sentimientos. Un pueblo instruido ama el trabajo y sabe sacar provecho de él. Un pueblo virtuoso vivirá más feliz y más rico que otro lleno de vicios, y se defenderá mejor de todo ataque.
V. Al venir a la tierra, todo hombre tiene derecho a que se le eduque, y después, en pago, el deber de contribuir a la educación de los demás.
VI. A un pueblo ignorante puede engañársele con la superstición, y hacérsele servil. Un pueblo instruido será siempre fuerte y libre. Un hombre ignorante está en camino de ser bestia, y un hombre instruido en la ciencia y en la conciencia, ya está en camino de ser Dios. No hay que dudar entre un pueblo de Dioses y un pueblo de bestias. El mejor modo de defender nuestros derechos, es conocerlos bien; así se tiene fe y fuerza: toda nación será infeliz en tanto que no eduque a todos sus hijos. Un pueblo de hombres educados será siempre un pueblo de hombres libres.
La educación es el único medio de salvarse de la esclavitud. Tan repugnante es un pueblo que es esclavo de hombres de otro pueblo, como esclavo de hombres de sí mismo.

José Martí. Obras Completas, tomo 19, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana 1975, páginas 375-376.



karaghiosis

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“Karaghiosis -escribe Theodore-, y el teatro de sombras que lo creó, son antiguos los dos. La tradición del héroe en el drama es medieval. Sus aventuras rivalizan con las de Tyll Owlglasse en alemán, y su lugar en la imaginación popular es tal que podríamos compararlo con el Tarleton isabelino. Perturbador de la justicia social, jamás hace algo para enajenar al auditorio, y su licencia política es casi absoluta (por ejemplo, pese a la dictadura de Metaxas, Karaghiosis gozó de ininterrumpidos poderes de comentario crítico en una época en que hasta Platón estaba prohibido -o al menos expurgado- en la universidad de Atenas). Es el espíritu del hombre pequeño, pero del hombre pequeño griego; es espléndido en la holganza, en pedir dinero prestado y en hacer bromas pesadas a sus amigos, con una fuerte motivación de ganancia. Es un símbolo corriente de todo el Medio Oriente bajo formas variables. El falo cómico, ya lo hemos indicado, se ha traducido en un brazo tan largo y expresivo que casi satisface la teoría psicológica de la substitución simbólica.

La diversión no es en modo alguno diversión limpia según las normas puritanas, y nada parecido se permitiría en un escenario londinense; pero es esencialmente puro en cuanto es amplio y sin malicia. La lista de personajes que aparecen de tanto en tanto en la mitología de Karaghiosis es muy considerable; en su propia familia está primero la esposa (Karaghiozaina). Es bastante convencional, en tanto que sus innumerables hijos (Kollitiri) procuran invariable alivio cómico sin llegar a distinguirse del pilludo común de la calle. El tío de Karaghiosis (Barba Giorgos) es de más severa substancia. Pastor de las montañas, usa la fabulosa foustanella y habla el craqueante dialecto de Etolia y Acarnania. Sus enormes bigotes se erizan de avaricia y amistad. Crédulo a veces, es la encarnación del carácter griego. Es un tema fértil. El carácter nacional, dice Zarian, se basa en las creaciones del teatro. Huxiey ha observado en algún lado que los ingleses no sabían cómo debía comportarse un inglés hasta que se creó Falstaff; ahora el carácter nacional está tan bien establecido que todo el mundo sabe qué esperar de un inglés medio. Pero ¿y los griegos? Su carácter nacional está basado en la idea del hombrecito empobrecido y pisoteado que se aprovecha del mundo por pura astucia. Agreguemos la sal del humor que se burla de sí mismo y tendremos al griego inmortal. Un hombre de impulsos, lleno de jactancias, impaciente por la lentitud, rápido en la simpatía, inventivo y asimilativo. Cobarde y héroe al mismo tiempo; un hombre a caballo entre su genio heroico y natural y su desesperanzado poder de raciocinio.

Lawrence Durrell. La celda de Próspero



Como muestra Bajtín en su admirable estudio sobre el mundo y la obra de Rabelais, hubo una época en la cual lo real e imaginario se confundían, los nombres suplantaban las cosas que designan y las palabras inventadas se asumían al pie de la letra: crecían, lozaneaban, se ayuntaban y concebían como seres de carne y hueso. El mercado, la plaza, el espacio público, constituían el lugar ideal de su germinación festiva. Los discursos se entremezclaban, las leyendas se vivían, lo sagrado era objeto de burla sin cesar de ser sagrado, las parodias más ácidas se compaginaban con la liturgia, el cuento bien hilvanado dejaba al auditorio suspenso, la risa precedía a la plegaria y ésta premiaba al juglar o feriante en el momento de pasar el platillo. El universo de chamarileros y azacanes, artesanos y mendigos, pícaros y chalanes, birleros de calla callando, galopines, chiflados, mujeres de virtud escasa, gañanes de andar a la morra, pilluelos de a puto el postre, buscavidas, curanderos, cartománticas, santurrones, doctores de ciencia infusa, todo ese mundo abigarrado, de anchura desenfadada, que fue enjundia de la sociedad cristiana e islámica -mucho menos diferenciadas de lo que se cree- en tiempos de nuestro Arcipreste, barrido poco a poco o a escobazo limpio por la burguesía emergente y el Estado cuadriculador de ciudades y vidas es sólo un recuerdo borroso de las naciones técnicamente avanzadas y moralmente vacías. El imperio de la cibernética y de lo audiovisual allana comunidades y mentes, disneyiza a la infancia y atrofia sus poderes imaginativos. Sólo una ciudad mantiene hoy el privilegio de abrigar el extinto patrimonio oral de la humanidad, tildado despectivamente por muchos de “tercermundista”. Me refiero a Marraquech y a la plaza de Xemaá-El-Fná, junto a la cual, a intervalos, desde hace veinte años, gozosamente escribo, medineo y vivo.

Sus juglares, artistas, saltimbanquis, cómicos y cuentistas son, de modo aproximativo, iguales en número y calidad que en la fecha de mi llegada, la de la visita fecunda de Canetti y la del relato de viaje de los hermanos Tharaud, redactado sesenta años antes. Si comparamos su aspecto actual con las fotografías tomadas a comienzos del Protectorado, las diferencias son escasas: inmuebles más sólidos, pero discretos; aumento del tráfico rodado; proliferación vertiginosa de bicicletas; idénticos, remolones, coches de punto. Los corrillos de chalanes se entreveran aún con la halca entre el humo vagabundo y hospitalario de las cocinas. El alminar de la Kutubia tutela inmutable la gloria de los muertos y existencia ajetreada de los vivos.
En el breve segmento de unas décadas, aparecieron y desaparecieron las barracas de madera con sus despachos de refrescos, bazares y librerías de lance: un incendio acabó con ellas y fueron trasladadas al floreciente Mercado Nuevo (sólo los libreros sufrieron un cruel destierro a Bab Dukala y allí desmedraron y se extinguieron). Las compañías de autocares sitas en el vértice de Riad Zitún -el trajín incesante de viajeros, almahales y pregoneros de billetes, cigarrillos y sánguiches- se largaron también con su incentiva música a otra parte: la ordenada y flamante estación de autobuses. Con los fastos del GATT, Xemaá-El-Fná fue alquitranada, acicalada y barrida: el mercadillo que invadía su espacio a horas regulares y se esfumaba en un amén a la vista de los emjazníes, emigró a más propicios climas. La Plaza perdió algo de behetría y barullo, pero preservó su autenticidad.

Juan Goytisolo. La plaza de Marrakesh, patrimonio oral.



cipango

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Nosotros, los actuales habitantes de Cipango
no llegamos en las tres carabelas de Das Kapital
ni remamos sólamente hacia el oeste.
Cuando supimos dónde estábamos
no estar ya era imposible
A nuestros pies gemían los cansados remos
las sagradas botas de los descubridores
y todos hablaban de ocultos tesoros
y mapas misteriosos que conducían al futuro
(nada menos que al futuro único)
Crecimos, envejecimos y no supieron explicarnos
por qué el fango en las botas
por qué el moho en los remos,
qué hacer con los viejos mapas hacia dónde.

Alexis Diaz Pimienta

El repentista Alexis Diaz Pimienta fue uno de los grandes descubrimientos del último viaje. Este poema me lo traje apuntado en la libreta.



A aquel hombre le pidieron su tiempo
para que lo juntara al tiempo de la Historia.
Le pidieron las manos,
porque para una época difícil
nada hay mejor que un par de buenas manos.
Le pidieron los ojos
que alguna vez tuvieron lágrimas
para que no contemplara el lado claro
(especialmente el lado claro de la vida)
porque para el horror basta un ojo de asombro.
Le pidieron sus labios
resecos y cuarteados para afirmar,
para erigir, con cada afirmación, un sueño
(el alto sueño);
le pidieron las piernas,
duras y nudosas,
(sus viejas piernas andariegas)
porque en tiempos difíciles
¿algo hay mejor que un par de piernas
para la construcción o la trinchera?
Le pidieron el bosque que lo nutrió de niño,
con su árbol obediente.
Le pidieron el pecho, el corazón, los hombros.
Le dijeron
que eso era estrictamente necesario.
Le explicaron después
que toda esta donación resultaría inútil
sin entregar la lengua,
porque en tiempos difíciles
nada es tan útil para atajar el odio o la mentira.
Y finalmente le rogaron
que, por favor, echase a andar,
porque en tiempos difíciles
ésta es, sin duda, la prueba decisiva.

HEBERTO PADILLA. En tiempos difíciles

(Reescaneo en estos días los dibujos de las libretas que dibujé en Cuba. Me vuelven los recuerdos y de por ahí sale este poema durísimo del tristemente célebre Heberto Padilla)



vistas

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LAS VISTAS DE LA CIUDAD
No soy una persona de esas que lo quieren ver todo y cuando los guías profesionales o amigos me incitan a visitar algún famoso monumento siento siempre un vivo deseo de mandarlos al diablo. Demasiados ojos antes que los míos han contemplado atónitos el Montblanc, demasiados corazones antes que el mío han lado con profunda admiración en presencia de la Madonna Sixtina. Esas atracciones son como mujeres de condición demasiado generosa; nos producen la impresión de que demasiadas personas han encontrado solaz en su conmiseración y nos quedamos confusos cuando nos indican, con consumado tacto, que murmuremos en sus discretos oídos la historia de nuestras desgracias. Podíamos correr el peligro de ser la última gota que hace desbordar el vaso. No, si no puedo callármela, lo que sería mejor, contaré mi desgracia a alguien que no esté tan seguro de decir exactamente lo más apropiado para consolarme.
Cuando estoy en una ciudad extranjera prefiero vagar por ella al azar y si tal vez puedo perder el encanto de una catedral gótica, quizá encuentre, en cambio, alguna pequeña capilla románica o algún portal renacimiento y alabarme de que nadie se ha preocupado de ellas.

Somerset Maugham. En un biombo chino



madrid

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Cuando yo era todavía niño, Madrid, con su rey recién estrenado, era aún la vieja capital que encerraba en su recinto estrecho grandes de España y mendigos, beatas que soñaban en cambiar el mundo a fuerza de rosarios, y anarquistas que estaban convencidos de que sólo podría cambiarse a fuerza de bombas fabricadas en la cocina según una receta secreta, garantizada como creación del mismísimo Orsini. Sin embargo, la trama de la vida diaria comenzaba a cambiar. Las luces de la ciudad eran como esas alfombrillas para los pies de la cama que tanto encantaba hacer a nuestras abuelas con recortes de trapos viejos y nuevos. Existían las bombillas eléctricas de Mr. Edison, peras de vidrio soplado, en cuyo interior se curvaba un filamento negro como un pelo de griego velludón, que se encendía con un rojo de cereza y temblaba temeroso bajo los pasos del vecino de arriba. Las calles principales tenían arcos voltaicos, encerrados dentro de enormes globos de cristal lechoso, a los que protegía una red de alambre. Inesperadamente, chisporroteaban lanzando sobre el transeúnte partículas de carbón incandescentes, parpadeaban al borde de la extinción, y sólo se recuperaban bajo un esfuerzo de ruedas dentadas que giraban desbocadas con el mismo ruido que las de un reloj despertador cuyo escape se ha roto. Acababan de instalarse los primeros faroles de gas provistos de la camisa Auer, pero los dos únicos gasómetros de Madrid no llegaban a suministrar la presión necesaria, y la mayoría de las calles tenían aún los viejos faroles en los que el mechero era un simple orificio del cual surgía una llama como una luna diminuta en cuarto creciente, azul en la base, blanca en el borde dentado. La diversión favorita de los chiquillos que vivían en calles alumbradas aún con quinqués de tubos ahumados era hacer excursiones a las calles más céntricas, gatear la columna del farol y apagar estas llamas románticas; donde la invención de Auer había llegado, el placer era mucho mayor: a pedrada limpia se rompían las “almidonadas camisas”.

Arturo Barea . Madrid entre ayer y hoy



bombay

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Llegamos a Bombay una madrugada de noviembre de 1951. Recuerdo la intensidad de la luz, a pesar de lo temprano de la hora; recuerdo también mi impaciencia ante la lentitud con que el barco atravesaba la quieta bahía. Una inmensa masa de mercurio líquido apenas ondulante; vagas colinas a lo lejos; bandadas de pájaros; un cielo pálido y jirones de nubes rosadas. A medida que avanzaba nuestro barco, crecía la excitación de los pasajeros. Poco a poco brotaban las arquitectura blancas y azules de la ciudad, el chorro de humo de una chimenea, las manchas ocres y verdes de un jardín lejano. Apareció un arco de piedra, plantado en un muelle y rematado por cuatro torrecillas en forma de piña. Alguien cerca de mí y como yo acodado a la borda, exclamó con júbilo: ¡The Gateway of India! Era un inglés, un geólogo que iba a Calcuta. Lo había conocido dos días antes y me enteré de que era hermano del poeta W.H. Auden. Me explicó que el monumento era un arco, levantado en 1911 para recibir al rey Jorge II y a su esposa (Queen Mary). Me pareció una versión fantasiosa de los arcos romanos. Más tarde me enteré de que el estilo del arco se inspiraba en el que, en el siglo XVI, prevalecía en Gujarat, una provincia india. Atrás del monumento, flotando en el aire cálido, se veía la silueta del Hotel Taj Mahal, enorme pastel, delirio de un Oriente finisecular, caído como una gigantesca pompa no de jabón sino de piedra en el regazo de Bombay. Me restregué los ojos: ¿el hotel se acercaba o se alejaba? Al advertir mi sorpresa, el ingeniero Auden me contó que el aspecto del hotel se debía a un error: los constructores no habían sabido interpretar los planos que el arquitecto había enviado desde París y levantaron el edificio al revés, es decir, la fachada hacia la ciudad, dando la espalda al mar. El error me pareció un “acto fallido” que delataba una negación inconsciente de Europa y la voluntad de internarse para siempre en la India. Un gesto simbólico, algo así como la quema de las naves de Cortés. ¿Cuántos habríamos experimentado esta tentación?


Octavio Paz.



pintura

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El verdadero artista necesita diez días para pintar una flor, y un instante para pintar el océano. ¿Por qué? Porque conoce la majestad de lo pequeño y posee la intuición de lo grande.
Hay un tipo de suavidad para cuya obtención se precisa toda la vida, y otra que se logra en un momento. Lo mismo puede decirse de otras cosas.
Aquel que sienta pugnar en sí la inspiración, ha de emprender largos años de aprendizaje. Quizá acabe por sospechar que ni espontaneidad ni destreza son suficientes.
Lo diré con mayor claridad: para apreciar en su profundidad un arroyo tendrás que haber viajado por cien países y leído mil libros. Para pintarlo, todo cuanto sepas trabará tu pincel.

Parreño. Viajes de un antipático



recuerdos

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El Poeta cultivaba el recuerdo de Madrid, no de la guerra de España, que intentaba olvidar, o por lo menos desplazar a un rincón de su memoria en el que no se le acercara de improviso. Quería recordar tan sólo Madrid, y en particular la glorieta de Cuatro Caminos, a la que había llegado por primera vez en la noche, una de las noches más emocionantes de su larga y emocionante vida. Un centro de barrio en el que había bebido más tarde cubos, literalmente cubetas de vino de Valdepeñas, y en la que una mujer trató de llevarlo a la cama dejando que hablara por ella un loro.
Fermín dejó que corrieran los recuerdos. Esos recuerdos.
Aquella noche alguien dijo “es Madrid” y bajaron de los camiones en la glorieta de Cuatro Caminos. La XI Brigada que había llegado antes había desfilado por la Gran Vía, el corazón de la capital. A ellos les tocó simplemente recorrer de noche un barrio obrero, pero la noche que tenía su magia y su sigilo, fruto más bien del agotamiento y de las incertidombres, fue rota por una mujer que desde un balcón dijo suavemente: “Los internacionales”. El susurro se transmitió de ventana en ventana y un tipo apareció en pijama con una bandera roja en la puerta de su casa. Era cojo y repartió generosamente pan. La intendencia de la brigada los había dejado sin comer desde la salida de Albacete y el pan fue bien recibido. Y luego salieron más mujeres a la calle, con toquillas, mantones sobre el camisón de algodón, algunas descalzas, y hacía frío. Una mujer que dijo que era maestra y tenía el pelo muy blanco besó al Poeta en la frente. Luego lo abrazó un carnicero. En el recuerdo el Poeta era manco, pero no podría ser así, perdería el brazo en Teruel, unos meses después. La memoria es cabrona. Luego volvería a Cuatro Caminos. Luego bebería los cabos de Valdepeñas. Esa noche desfilaban como fantasmas rumbo a la Ciudad Universitaria y la línea del frente.

Paco Ignacio Taibo II. Retornamos como sombras.



inflación

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– Si pudiéramos pasar un momento al tema de la política fiscal… – dijo brevemente.
– ¡Política fiscal! – gritó Ford Prefect -. ¡Política fiscal!
El consejero de dirección le lanzó una mirada que sólo un pez dípneo podría haber imitado.
– Política fiscal… – repitíó, eso es lo que he dicho.
– ¿Cómo podéis tener dinero – preguntó Ford -, si ninguno de vosotros produce nada? No crece de los árboles ¿sabéis?
– Si me permite continuar…
Ford asintió de mala gana.
– Gracias. Como hace unas semanas decidimos adoptar la hoja como moneda legal, todos somos inmensamente ricos.
Ford miró incrédulo a la multitud, que lanzó un murmullo apreciativo y empezó a acariciar ávidamente los fajos de hojas de que tenían rellenos los monos de correr.
– Pero también tenemos – prosiguió el consejero de dirección – un pequeño problema inflacionario debido al alto grado de disponibilidad de la hoja, lo que significa, según creo, que en la tasa actual se necesitan tres bosques efímeros para comprar una bagatela.

Murmullos de alarma recorrieron la multitud. El consejero de dirección los acalló con un gesto.

– De manera que, con el fin de solucionar ese problema – prosiguió – y revaluar
la hoja de modo eficaz, estamos a punto de iniciar una campaña de defoliación general, y… hummm, quemaremos todos los bosques. Creo que todos estaréis de acuerdo en que es una medida sensata, dadas las circunstancias.
La multitud pareció un tanto indecisa durante unos momentos, hasta que alguien observó que eso incrementaría mucho el valor de las hojas que tenían en los bolsillos, y entonces empezaron a dar gritos de placer y, puestos en pie, dedicaron una ovación al consejero de dirección. Los contables esperaban que el otoño sería provechoso.

Douglas Adams. “El restaurante del fin del mundo” (también relacionado, como el post de ayer, a la crisis)



clase media

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Copipego el texto siguiente de un blog que leo habitualmente, el que desde México escribe César Berges, al que me enganché cuando descubrí que estaba recorriendo en bici el Sudeste asiático.

La clase media fue un invento de Occidente para contraponer una cuña a las clases sociales históricamente descontentas, y tal vez tentadas por los ejemplos revolucionarios de la Unión Soviética, que durante gran parte del siglo XX supusieron una alternativa real al sistema capitalista, al menos en el sentir colectivo de millones de personas. Para evitar que los pueblos de occidente siguieran el ejemplo soviético, suavizaron las condiciones económicas y sociales de una parte importante de la población, lo que se llamó en adelante la clase media. Pero caído el bloque soviético y desaparecida la ideología que lo movió, sin riesgo ya de revoluciones similares, Occidente ha pasado las dos últimas décadas desmantelando el supuesto estado de bienestar; y con ello, la clase media está condenada a desaparecer. Al final del camino inmediato sólo queda una sociedad dividida en los muy ricos que hacen y deshacen a sus anchas, y los demás, la mayoría, que sobrevive como puede; a tiros si es necesario, como por estas latitudes que recorríamos. En países como México, dos sociedades opuestas que no se ven ni se tocan entre sí comparten una región del Mundo. Y hacia ese modelo de sociedad nos estamos dejando llevar con dulzura en nuestros países supuestamente desarrollados.

(Muy a propósito a la vista de la reciente crisis, creo.)



odisea

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ODISEA, LIBRO VIGÉSIMO TERCERO

Ya la espada de hierro ha ejecutado
la debida labor de la venganza;
ya los ásperos dardos y la lanza
la sangre del perverso han prodigado.
A despecho de un dios y de sus mares
a su reino y su reina ha vuelto Ulises,
a despecho de un dios y de los grises
vientos y del estrépito de Ares.
Ya en el amor del compartido lecho
duerme la clara reina sobre el pecho
de su rey pero ¿dónde está aquel hombre
que en los días y noches del destierro
erraba por el mundo como un perro
y decía que Nadie era su nombre?

Jorge Luis Borges



De todos los objetos, los que más amo son los usados.
Las vasijas de cobre con abolladuras y bordes aplastados,
los cuchillos y tenedores cuyos mangos de madera
han sido cogidos por muchas manos.
Estas son las formas que me parecen más nobles.
Esas losas en torno a viejas casas,
desgastadas de haber sido pisadas tantas veces,
esas losas entre las que crece la hierba,
me parecen objetos felices.
Impregnados del uso de muchos,
a menudo transformados, han ido perfeccionando
sus formas y se han hecho preciosos
porque han sido apreciados muchas veces.
Me gustan incluso los fragmentos de esculturas
con los brazos cortados. Vivieron
también para mí. Cayeron porque fueron trasladadas;
si las derribaron, fue porque no estaban muy altas.
Las construcciones casi en ruinas
parecen todavía proyectos sin acabar, grandiosos; sus bellas medidas
pueden ya imaginarse, pero aún necesitan
de nuestra comprensión. Y, además,
ya sirvieron, ya fueron superadas incluso. Todas estas cosas
me hacen feliz.

Bertolt Bretch. De todos los objetos



obstáculos

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Al nacer por azar en un país occidental, tienes derecho a un lindo pasaporte reluciente que te abre todo tipo de posibilidades. Si has nacido en el mundo en desarrollo, te dan un librito que cierra más puertas de las que abre. ¿Qué puede hacer un muchacho pobre? Las fronteras las trazaron poderes que escapan a su control, sin tenerles en cuenta ni a él ni a los de su clase; son líneas en los mapas que se corresponden con los intereses de los grandes del siglo XIX de Londres, París y Roma. Pero si un hombre tiene que cruzar, cruza, por el medio que puede… y al final todas las fronteras tiene que cruzarlas alguna vez alguien. Cedric era un hombre para el que las fronteras no tenían utilidad alguna: en el mejor de los casos podían ignorarse, en el peor se podían rodear. Era una reacción racional a un mundo irracional.
(…)
-Mira este obstáculo que nos están planteando… esta frontera estúpida. Hacen su visado, su pasaporte. Esto es un obstáculo. Yo soy un hombre. ¿No puedo yo caminar en mi propio mundo? ¿Quién eres tú para impedirme pasar?-estaba embalándose de nuevo-. ¿Es este mi mundo o no? ¿Quién eres tú para alzar este obstáculo contra un ser humano que es tu semejante? Así que llevo mi pasaporte y si necesito otro le enseño otro.

Kevin Rushby. En busca de las flores del paraiso
Otro bonito texto de Felix de Azúa sobre fronteras puede leerse aquí y un interesante blog sobre el tema que visito con frecuencia, aquí.



ben shahn

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Encuentro glorioso el de hoy: una primera edición de 1957 del mítico libro con las 6 conferencias que Ben Shahn dio en Harvard por dos miserables euros. Los milagros existen.



mapas

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mapa que dibujé en Nepal
Los mapas indios que llevaba no resultaban muy exactos. Como el Nepal había sido un pais cerrado y de acceso poco menos que imposible hasta 1910, todos los datos geográficos fueron proporcionados por agentes secretos, los misteriosos informadores pundit. Eran éstos unos indios de origen nepalí, entrenados por los ingleses para viajar disfrazados por el Tibet e Himalaya, provistos de secretas libretas de apuntes y de rosarios sagrados budistas de cien cuentas, en vez de las acostumbradas ciento ocho, para que les fuera así más facil contar sus pasos. En sus bastones de caminantes llevaban ocultos termómetros que por la noche deslizaban en sus teteras hirvientes para efectuar estudios de altitud. Pertrechados de esa manera salían de la India y recorrían los caminos fingiéndose peregrinos, para llevar a cabo itinerarios que a veces duraban seis años. Superando riesgos increíbles, siempre disfrazados y temiendo ser descubiertos, recorrían cada valle y cada desfiladero de las inaccesibles extensiones del Himalaya. Los nombres de esos exploradores pundit permanecen hasta hoy en el mas absoluto secreto, ya que se los denominaba por medio de números o iniciales. Si se tiene en cuenta bajo que condiciones operaban esos hombres, resulta asombrosa la exactitud de los mapas que se hicieron con los datos que ellos suministraron. Fueron los primeros en medir, explorar y estudiar las remotas zonas que cruzaban. Aún hoy, esos mapas son los únicos con cierto detalle que existen de tales extensiones. Es evidente que contienen muchos errores, pero debe tomarse en consideración que los dibujaban a escondidas, de noche, en rollos de papel que ocultaban en los tamborcillos de oraciones, y lo innegable es que la mayoría de los datos que recogían en sus dilatados viajes eran sorprendentemente exactos.

Michel Peissel. Mustang

Arriba, mapa de Nepal que dibujé en Pokhara después de una larga caminata (ver línea de puntos)



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