kim

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-Ahora, marchemos murmuró el Lama.
 Y acompañados por el tintineo del rosario anduvieron en silencio milla tras milla. El Lama, como de costumbre, iba abismado en profundas meditaciones, pero los brillantes ojos de Kim lo abarcaban todo, y pensaba que este amplio y sonriente río de vida era un alivio después de las estrechas y atestadas calles de Lahore. A cada paso veía gente y cosas nuevas; castas ya conocidas y otras que le eran completamente extrañas.
Encontraron una patrulla de sansis, de largos cabellos y olor penetrante, que llevaban a su espalba cestas de lagartos y otros asquerosos alimentos, e iban seguidos de flacos y escuálidos perros que olfateaban sus talones. Esta gente marchaba por un lugar aparte de la carretera, andaban con un trote sostenido, rápido y furtivo, y todas las demás castas les dejaban amplio espacio; porque el sansi es profundamente contaminador. Detrás de ellos, caminando rígidamente a través de la sombra intensa, se deslizaba un presidiario recién salido de la cárcel y que conservaba aún las huellas de los grilletes; su vientre abultado y su piel reluciente eran prueba de que el Gobierno alimenta a sus presos mejor de lo que pueden alimentarse muchos hombres honrados. Kim conocía esa manera de andar, y cuando pasaron por su lado lo remedó con burla. En seguida un akali, de mirada extraviada y pelo enmarañado, devotamente vestido con el traje a cuadros azules de su credo, y llevando resplandecientes tejos redondos de pulido acero sobre su azul turbante, pasó majestuosamente, de regreso de uno de los Estados sikhs independientes. AlIí habría estado cantando las antiguas glorias del Khalsa a los príncipes educados en colegios ingleses: que llevan altas botas de campana y calzones de terciopelo blanco. Kim tuvo buen cuidado de no burlarse de él, porque la cólera del akali es fuerte y su brazo rápido. De vez en cuando encontraban o eran dejados atrás por alegres multitudes de aldeanos que regresaban de alguna feria local; las mujeres, con los niños sobre las caderas, marchaban detrás de los hombres, mientras los chiquillos mayorcitos caracoleaban montados sobre cañas de azúcar, arrastrando groseros modelos de locomotoras que costaban medio penique, o reñejando el sol en los oios de sus padres con baratos espejos de juguete. A primera vista se notaba lo que cada uno había comprado; y si se tenía alguna duda, bastaba contemplar a las mujeres, que juntando sus brazos morenos. comparaban los recién mercados brazaletes de cristal oscuro que proceden del Noroeste. Esta alegre multitud marchaba lentamente, llamándose a gritos y deteniéndose a regatear con un vendedor de dulces o a rezar ante alguna de las capillitas-unas veces indias, otras musulmanas- que se suceden a los lados del camino y que las castas bajas de ambas religiones se distribuyen con hermosa imparcialidad. Una larga línea azul pasó corriendo con un murmullo de rápida charla, oscilando a través del polvo vibrante como una inmensa oruga apresurada. Era una cuadrIlla de changars, esas mujeres que han acaparado el servicio de todos los muelles de los ferrocarriles del Norte. Casta de fuertes cavadoras, dotadas de anchos pies, gruesos pechos y miembros hercúleos. Vestían faldas azules y viaJaban apresuradas hacia el Norte en busca de un nuevo destajo, no perdían el tiempo en el camino. Pertenecen a una clase en la que los hombres no son nada, y marchaban con los codos pegados al cuerpo, altas las cabezas y moviendo las caderas como mujeres acostumbradas a cargar grandes pesos. Poco después desembocó en la Gran Carretera un cortejo nupcial, acompañado de música y gritos; un olor de caléndulas y jazmín, más fuerte que el vaho del Polvo, se esparció por el ambiente. A través de la calina se tambaleaba la litera de la novia-una mancha de rojo y oropel-, mientras la enjaezada jaca del novio volvía la cabeza para arrebatar un bocado de hierba de un carro de forraje que pasaba a su alcance. Entonces Kim se unió al coro de buenos deseos y pesadas burlas, deseando a la pareja cien hijos y ninguna hija, como es la costumbre. Todavía más interesante y más gozoso era el caso del juglar vagabundo acompañado de algunos monos medio domesticados un oso jadeante y débil o una mujer con cuernos de chivo amarrados a los pies, que danzaba con ellos sobre la cuerda floja, asustando a los caballos y haciendo prorrumpir a las mujeres en prolongados alaridos de admiración.’

Rudyard Kipling. Kim



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